A veces experimentamos angustia y miedo ¿Cuál es la postura cristiana ante esta experiencia humana? A nivel psicológico el miedo está vinculado a la percepción de un peligro que creemos real y puede manifestarse en relación a cosas particulares (fobias), o ser extendido hasta la pérdida total de control (pánico). También puede tratarse de un agudo sufrimiento interior (ansiedad), o pierde su rostro definido y se prolonga, invadiendo profundamente el ánimo de la persona (depresión). Estas experiencias por supuesto no son buenas para el hombre, pues le llenan el corazón de desconfianza, lo encierran en sí mismo, y así le impiden vivir con libertad.

En el mundo occidental se está produciendo una extraña paradoja en relación al miedo: por un lado la tecnología y el desarrollo han permitido un bienestar y una sensación de seguridad sin precedentes; las posibilidades de diagnosticar y curar las enfermedades, de prolongar la vida, de proteger lugares, de resolver toda clases de problemas o dificultades, son enormes; sin embargo la proliferación de la desconfianza, del miedo, de la ansiedad, ha aumentado de manera desproporcionada. ¿Por qué se da este fenómeno?

Parece ser que a las nuevas generaciones, mientras más se les protege con nuevas comodidades tecnológicas, son menos capaces de madurar. Esto se debe a que en el fondo se les priva de tener que enfrentar la vida en su radicalidad y dureza. Las realidades de la vida a veces parecen que puedan manejarse en la inmediatez, pues se les enseña a dominarlo todo, a tener todo a disposición y de manera rápida, todo al alcance de la mano, con un “clic”, todo bajo control. Entonces las incertidumbres futuras, los compromisos a largo plazo (o por toda la vida), los mensajes que piden una espera paciente y prolongada, y las tantas situaciones misteriosas e irresolubles de la vida, se vuelven insoportables. Se busca relativizar y quitar el peso a aquello que nos atemoriza, no enfrentándolo con madurez, más bien evitándolo. Los jóvenes se angustian cuando se enfrentan a esos límites a los que no están acostumbrados y ante los cuales no saben qué hacer, porque no han aprendido a madurar. Han surgido por este motivo (entre tantos otros) una serie de enfermedades que, como epidemias, están afectando especialmente a los grupos más jóvenes: depresión, strés, sin sentido de la vida, suicidios, etc. Detrás de todas ellas, se pueden ver esos fantasmas del miedo: miedo ante el futuro incierto, ante el fracaso, ante el dolor, ante el descontrol, ante la soledad. El hombre queda así postrado ante una cultura del miedo y de la desconfianza. ¿Cómo actuar entonces para superar este miedo que paraliza y aliena la existencia?

El individualismo materialista que nos lleva a confiar sólo en nuestras fuerzas y en aquello que podemos poseer o construir, crea en realidad sujetos solitarios, tristes y frágiles, incapaces de confiar e incapaces de comunicarse con los demás, condición fundamental del amor. Sin amor es imposible que surja esa necesaria esperanza que nos permite afrontar las vicisitudes de la vida y de sus límites (las adversidades, el sufrimiento, el mal, la muerte, etc.). El amor constituye la condición sobre la cual se construye dicha fe (confianza) y de la cual surge la esperanza que nos permiten abrazar la vida en su radicalidad con plenitud. La Escritura enseña que el sentido de la vida está en el reconocimiento del amor de Dios y la realización del crecimiento y desarrollo personales en el amor abierto a la trascendencia.

Dios es amor. Dios nos amó primero, ésta es la garantía para vencer el temor, y, como dice san Pablo, si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? (cf. Rom 8, 31 y ss.)

El amor no es algo que se puede comprar, poseer, construir, controlar o medir. Exige por el contrario confianza, gratuidad, apertura, sacrificio, paciencia. Por eso el miedo construye una muralla contra la potencia del amor y la fe. Jesús reprende a sus discípulos cuando, por temor, dudan (en la tormenta, cf. Mt 8, 25-26; o a Pedro cuando desconfía mientras camina sobre las aguas, cf. Mt 14, 30-31). ¿Por dónde empezar? Empecemos a amar más a Dios y en especial a nuestros hermanos que son el rostro visible de Cristo, y dejémonos amar por ellos. El amor puede y nos hará libres. Abramos nuestro corazón al encuentro y a la amistad. Ya lo decía san Juan: «No hay temor en el amor; sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor tiene que ver con el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor. Nosotros amemos, porque él nos amó primero. Si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano». (1 Jn 4, 18-21).

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P. Ricardo Jesùs Rodrìguez.

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